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Favio Posca: “Creo que inventé un nuevo lenguaje teatral”

El multiartista presenta “Fucking, fucking, yeah, yeah”, otro espectáculo de culto en el Paseo La Plaza, mientras debuta en Bailando por un sueño

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Favio Posca regresó para no volver a irse. Desde que empezó con El perro que los parió (en 1992) jamás se bajó del escenario. Eso sí: cada tanto modifica el nombre de su espectáculo, ajusta el guión e incorpora novedades. “Siempre está bueno que la gente se quede con ganas de ver algo nuevo, que no se estandarice. Necesito que haya sorpresa, que todo sea inquietante”, explica Favio. “Cada dos o tres años debo actualizar las puestas. Porque, en ese tiempo, a vos y a mí nos cambió la vida, entonces asumo que los personajes crecen con nosotros pero, a la vez, no envejecen. Como el público, que se renueva y siempre es joven. ¡Los que me iban a ver al Parakultural ni siquiera sé si están vivos!”.

Después de varias temporadas con Painkiller, Posca empezó a cranear su nuevo espectáculo del mismo modo que siempre lo hizo: junto a Luisa Cayetana, el otro hemisferio creativo y su compañera de la vida. Ahora, además, se suma un tercer elemento. Se trata de Rocco Posca, su hijo de 16 años, con el que grabó varias de las canciones que suenan en Fucking, fucking, yeah, yeah, el décimo espectáculo que acaba de estrenar en el Paseo La Plaza. “Toca muy bien la viola y yo lo acompaño con la bata. A veces zapamos, pero dos temitas, porque después se aburre, ja. Escuchamos música todo el tiempo y cuando viajamos compramos vinilos juntos. Tiene un estado de rock impresionante”, defiende Posca padre.

No sólo hay rock en FFYY, sino también malambo, murga uruguaya y tango. “Pero siempre con un estilo Posca -define ídem-, en donde, además de la música, se cuenta una historia, aparecen imágenes y se labura una coreografía. Un estilo que tiene que ver con la adrenalina, la síntesis y la tracción a sangre”. En total suenan nueve canciones creadas por Favio y producidas por Martín Bosa con una excelencia que hace preguntar por qué no las edita en un disco: “Es que soy medio receloso. Lo mismo me pasa con los espectáculos en general. Me ofrecen grabarlos y venderlos, pero no acepto porque el vivo pega mucho más. Siento que en video se pierden las calorías. ¿Me voy a hacer millonario con los DVD? No, entonces prefiero seguir en la clandestinidad”.

-Componés, cantás, bailás, actuás… pero todo deriva en el teatro. ¿Te sentís cómodo en esa forma o las cosas te llevaron a ese lugar?

-Las cosas funcionaron así desde el principio, pero porque fue lo que me subyugó. Yo vengo del teatro y todo lo demás fue “a colación de”, incluso la tele o el cine. La hipertextualidad tiene que ver también con el tipo de público que me viene a ver, que no es específicamente del palo del teatro, sino que consume rock, arte gráfico y actividades culturales en general. Estoy muy orgulloso de eso porque creo que inventé un nuevo lenguaje teatral.

-El Perro, Pitito, Astroboy, Angelito… A lo largo del tiempo construiste una fauna posquiana inalterable. ¿Qué condiciones debe reunir un personaje para ser incorporado al “elenco”?

-Los personajes generalmente viven tan en sí mismos y encarnan tantas historias diferentes que no me preocupa cambiarlos por otros. El Perro siempre está. La pregunta es: ¿cómo? Lo que me sorprende es que la gente se siga sorprendiendo. En mis shows siempre hay puertas que se abren, que nunca hice. En Painkiller, por ejemplo, introduje a un mimo que había pegado mucho en el espectáculo anterior, Bad Time Good Face. Y ahora hay un tipo, El Manicero, que canta hip hop, pero que es todo lo contrario a lo que su género su supone: tiene la pija como un maní, aunque está orgulloso y la reinvindica. “Chequeá-chequeá-chequeá-mi-pitito”, rapea. ¡Es buenísimo!

-¿Cuál es tu personaje favorito?

-Cada uno tiene su mundo. El Perro me encanta. Pero Angelito también, con sus historias de paranoia y de quedarse mirando por la mirilla de la puerta. O Pitito, que no tiene nada que ver con los dos anteriores. Y Mirsham es un golazo. El que me sorprendió fue Astroboy, que es un delirio, un tipo que tiene los brazos pegados al cuerpo y entonces tiene todo el odio y el resentimiento, aunque la gente se ría de él y eso le genere más bronca

-¿Cuál de todos se te parece más a vos? Jugás mucho con la idea del duro y sabés bien que la gente es mala y proyecta…

-Mirá, lo que yo hago como artista no lo puede hacer cualquiera. Eso es una realidad. No es que me haga el roto para que la gente crea que realmente lo soy. Me recontra cuido, porque sino no podría llegar ni a media hora de show con tanta intensidad. Pensá que a veces cambio de un personaje con una agitación extrema al otro que baja, y lo tengo que hacer al toque. Venís de pá-pá-pá y, de golpe, ¡tuc!. Pongo lo anaeróbico al servicio, ja. ¿Dónde se metió la respiración el chabón? Es clave cambiar de aire. Me transformo y me deformo. Eso sí: los despertares son terribles. A la noche, con la adrenalina, no sentís nada, pero al otro día te levantás a mear y te vas rescatando en el camino, ja, ja.

-¿Entrás en trance en cada espectáculo o la rutina ya está mecanizada?

-¡Lo que hago es un trance, sin dudas! Pero no sólo entro yo mismo en trance, sino que los hago entrar también a ustedes. Siento que despego con la gente, que logro moverlos. De mis espectáculos no salís igual que como entraste. De una o otra manera, porque en un momento había gente que se levantaba a la mitad del show y se iba indignada. Una pena. ¡Encima que pagaste la entrada!

-Tus personajes tienen otra vuelta más allá del humor: si rascás el maquillaje, se interpreta cierta bajada de línea fuerte. El público joven es permeable a recibir data y vos en cierto punto funcionás como antena. ¿Te sentís en ese rol?

-Bajo una línea, pero no me ubico en ese rol de manera preconcebida. Todos mis personajes están fallados y cuentan sus historias problemáticas, aunque para ellos nunca lo sean. ¿La historia en común cuál es? Que no son un ejemplo para nadie. En definitiva, tampoco me interesa mucho que la gente aprenda nada. Cada uno debe aprender como puede y cada uno hace lo que puede con lo que tiene. Eso sí: quiero aclarar que no me considero un humorista. En todo caso, soy un artista que todo tiempo cabalga entre lo gracioso y lo dramático. Como una pelota de tenis que queda suspendida en la red. Podría caer tranquilamente para el otro lado, y creo que sería un gran actor dramático, pero finalmente me tiro del lado de la risa, porque me parece mucho más liberadora. Genera un efecto natural del cuerpo.

-Puteás mucho, mostrás el culo y ahora hasta insinuás tu pija. Cuando empezaste a hacerlo, eso era contracultural, aunque ahora es común y lo irreverente parece lo contrario, ¿no?

-Lo descubrí con los años, porque tampoco es que me lo proponía. Pero a la puteada yo la utilizo como parte del vocabulario y como vehículo para contar mi historia, no como un remate. De modo que no es la puteada lo que te hace reír, sino que tiene que ver con otra cosa. El objetivo es otro. No es putear.

-¿Cuál es tu límite a la hora de los guiones?

-Mi límite es lo que no tenga ganas de decir. También hay cosas que no tienen que ver con mi estilo. No entra dentro del “Mundo Posca” hablar de la situación política, social o económica del día, pero sí de la consecuencia de lo que nos pasa en el comportamiento humano. Para lo otro, tenemos a los noticieros, que por cierto lo hacen muy divertido.

-Aceptaste participar del Bailando por un Sueño y te está yendo muy bien. ¿Cómo te blindás para no salir herido de esa picadora de carne?

-Me habían contactado otras cinco veces anteriormente, pero no me veía. Y eso que me ofrecían muy buena guita. Ahora, en cambio, me dieron ganas de bailar sin pensar tanto en todo lo demás. Y no me arrepiento, porque el día a día me encanta. En vez de estar al pedo en un gimnasio, me encuentro practicando coreografías que por cierto son muy exigentes. Quisiera hacerle un aporte al programa desde la risa y la creatividad. Y también del baile, ya que tengo formación en danza. La gente que me conoce espera eso de mí, y no que me esté puteando con alguno, cosa que de ninguna manera va a suceder ya que no sería yo. Y si el jurado me dice que bailé para el ojete, me la voy a bancar. Estoy dispuesto a no ser un tipo necio ni a encerrarme en mi ego. Se trata de un juego en el que cada uno tiene su rol: el conductor, el jurado, los artistas. Lo entiendo así y voy a disfrutarlo mientras esté.

JUAN IGNACIO PROVÉNDOLA

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